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Hot! Recomendados por Seba: El milagro de ser padre

En esta nota, Seba nos deja unas reflexiones que escribió para la revista OHLALÁ, donde nos cuenta sus sensaciones acerca del milagro de ser padre.

 

Cuando no tenía hijos y vivía una vida de dormir toda la noche, de despertarme a la hora que se me antojara los domingos, de no hablar en diminutivo, de tenerle asco a la caca y a los vómitos, de que no me resultara nada en especial ver un nena o nena en la calle, de no pensarme abuelo, de no saber de memoria las películas de las barbies, de que ningún ser humano más petiso que un enano de jardín asaltara mi cama en medio de la madrugada, cuando podía tener sexo al volumen que quisiera, cuando podía tener sexo cuando quisiera, en fin, cuando yo no era padre, me preguntaba: apenas nace, ¿ya se lo quiere al hijo? Se lo preguntaba a papás y a mamás. Me miraban extrañados, ofendidos un poco, haciéndome sentir que no entendía nada de la vida. Ya tenía culpa por adelantado: ¿y si yo no quería a mi hijo? ¿Si yo no sentía nada? ¿Si eso que decían todos que es fabuloso ser papá a mí no me pasaba? Y un día nació mi hija. Ese grito desaforado al salir, ese cuerpito necesitado de que su padre lo abrace, esa verdadera razón para vivir. La amé. Encontré lo importante. La sangre. Lo que faltaba. Y con el tiempo se la ama más. Se la quiere más. Y cuando empezó a hablar crece, habla, piensa, siente, es más divertido, es más intenso. Cada vez mejor. Y en esta vida de tener que ser papá de una hija, de dormir sólo a una persona a la noche, de necesitar dejar sólo a uno en casa de un abuelo, de tener que mandar a uno al jardín, de hacerse amigo de padres de amigas de tu única hija, de comprar ropa diminuta sólo para una, en esta vida me pregunté ¿cómo será tener un segundo hijo? ¿Lo voy a querer igual que a mi primera hija? ¿Es posible? ¿Y sí no es así? ¿A quién se lo digo? ¿Deberé hacer un esfuerzo? Y un día nació mi hijo. También el grito desaforado, el llanto prolongado, el gesto furioso. Lo revisaron, lo bañamos unas enfermeras y yo, lo pesaron, lo volvieron a revisar, lo miraron, me miraron, le pusieron una cintitas como la de los VIPs en el tobillo y en la  muñeca. Me lo dieron envuelto en una manta. Lo tuve en mis brazos. Le di un beso. Sentí que ya nos conocíamos. Que nos necesitábamos. Y me senté. No hubo ansiedad, no hubo ganas de irme a otro lado. Y otra vez el amor. Sentir lo importante. La  sangre. Alguien me necesita y esa es mi principal tarea que acepto con placer para toda la  vida. Tener dos hijos. Y hace un rato estaba jugando a la pelota con mis amigos, o estaba correteando chicas por ahí, o estaba preocupándome por cosas que no son preocupantes. Tener 38 años y dos hijos. Vivir con una mujer. Pensé que había que tener solemnidad para todo esto. Pensé que iba a ser más alto, más serio, que me iba a vestir de otra manera. Así estoy bien. Me gusta mi ropa. Me siento abrigado.